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martes, 9 de diciembre de 2014

Inteligencia artificial, ese poema que jamás escribirá

Por Karina Borodnikoff 
Su cuerpo está completamente paralizado. Sólo puede mover algunos músculos de su cara y pensar. Su lucidez es tan arrolladora que por momentos podemos olvidar que este hombre ya no puede mover ni un dedo. 

Tiempo atrás, ese dedo le permitía activar el mouse conectado a una computadora y elegir las palabras con las cuales comunicarse. Hoy, ya no puede hacerlo. La esclerosis lateral amiotrófica (ELA), que comenzó a devastar su sistema nervioso desde sus 21 años, lo consume. Los avances en el campo de la medicina no han podido palear, mucho menos curar, a Stephen Hawking, uno de los astrofísicos más célebres de estos tiempos. 

La ayuda viene del lado de los avances tecnológicos, de la inteligencia artificial. Su comunicación quedó restringida al movimiento de su mejilla derecha. Al hacerlo, un sensor en sus lentes impacta en el cursor de una pantalla, que a su vez, activa una voz, un robot que dice lo que Hawking no puede. Esta tecnología fue especialmente diseñada para esta mente brillante y es la única forma en que el mundo puede seguir conociendo los pensamientos de este hombre que da batalla con esa porción tan valiosa de nuestra biología; el cerebro. 

Ateo, convencido que la inexistencia de dios, ha puesto todo en la ciencia. 
Ciencia que lo mantiene vivo y unido al mundo a través de sofisticados mecanismos que no quieren perderse todo lo que este hombre tiene aún por decir. Y lo dice. Dice que esos mimos avances tecnológicos que desafían los caprichos o ensañamientos de la genética, como claramente lo hicieron con él, son los mismos que pueden poner fin a la especie humana. 

La tecnología que utiliza el astrofísico fue desarrollada por dos compañías que están a la vanguardia en inteligencia artificial. Está basada en un sistema de comunicación ya probada en teléfonos celulares “inteligentes” y lo que hacen es descifrar lo que piensa Hawking, hasta encontrar las palabras más adecuadas para expresarlo. Hawking asegura que a pesar de la enorme utilidad de la inteligencia artificial, teme por una versión más elaborada de la misma, que podría tener la capacidad de rediseñarse por su propia cuenta y alcanzar un nivel muy superior. “Los humanos son seres limitados por su lenta evolución biológica, no podrán competir con las máquinas, y serán superados”, asegura. Este es un mundo curioso, inmensamente interesante y contradictorio. En cualquier lugar podemos escuchar voces robotizadas, ver gente abrumada con sus teléfonos celulares, todos corriendo para adquirir tecnología y más tecnología. Sin embargo, siguen siendo las viejas prácticas las que nos conmueven; encontrarnos con un amigo de la infancia, ver a un hijo crecer, una obra de arte, esa canción que nos traslada, en segundos, al viejo amor perdido que aún cala bien profundo en nuestras entrañas. Inteligencia artificial, sí, muy interesante y útil si se quiere. Pero insuficiente, vacía. No sabe nada de poesía, de dolor, ni siquiera, maneja la ironía. La inteligencia artificial es un enlatado, frío, que huele a metal. Es la poesía quien nos trae el aroma del ser que añoramos, nos alivia con un pedacito de él. 

Estas declaraciones de Stephen Hawking llegan a horas de la muerte de un gran poeta, de un hombre cuya obra jamás podría ser, ni siquiera, rozada por la producción de un aparato. Mark Strand, nació en Canadá pero fue criado en México y los Estados Unidos. Obtuvo el premio Pulitzer en 1999 por sus poemas publicados en el libro: “Blizzard of One”. Murió a los 80 años en Nueva York. 

Aquí, un pequeño homenaje para recordar bellísima su prosa: 
Lo que queda Me vacío de los nombres de los otros. 
Vacío mis bolsillos. Vacío mis zapatos y los dejo al lado del camino. 
Cuando se hace de noche atraso los relojes. 
Abro el álbum de fotos familiares y me miro de chico. 

¿De qué sirve? Las horas hicieron su trabajo. 
Digo mi propio nombre. Me despido. 
A las palabras se las lleva el viento, volando una tras otra. 
Yo amo a mi mujer, pero quisiera que se fuera lejos. 

Mis padres se levantan de sus tronos, y suben 
a las lácteas estancias de las nubes. ¿Cómo voy a cantar? 
El tiempo me revela lo que soy, y cambio y soy el mismo. 
Me vacío de mi vida y aún me queda mi vida. 

La buena vida llega sin aviso: 
erosiona los climas de la desesperación 
y se presenta, a pie, de incógnito, sin ofrecerte nada, 
y vos estás ahí.

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